martes, 23 de febrero de 2016

El amigo del sicario, de Adam J. Oderoll

La novela negra, la mejor, es la que se sitúa en la época y el lugar correctos y retrata a su sociedad. Y donde entre los horrores de la verdad, surgen los placeres de la ficción, que para eso y no para otra cosa están los escritores. El amigo del sicario es una novela que nos lleva a México, pero extrañamente en toda la historia no se menciona el nombre del país. Pero sí se menciona lo que caracteriza a México por encima de otras naciones del globo: violencia, corrupción a manos llenas,  la ley del más fuerte y sicarios, sicarios por las calles como si fueran simples paseantes.
En este contexto, donde la vida se puede perder en un abrir y cerrar de ojos sin un motivo que realmente importe, el más famoso sicario es el Karonte, el mejor de todos, solitario, ajeno a bandas, socios o amigos. El Karonte es contratado por personajes poderosos, ligados, a partes iguales, al crimen organizado y a la política, para liquidar a rivales en unos cuantos segundos. El Karonte es infalible, nunca una víctima se le escapa, los policías le temen, es capaz de matar incluso a varios militares con una fría, letal e inigualable rapidez.
El sicario se ha convertido en una leyenda, en una especie de fantasma de la noche que a todo aquel que tenga la desgracia de cruzarse en su camino da tres tiros en la cabeza, su marca o su firma, como se le quiera ver. El Karonte no tiene amigos, ni los desea. Pero, quizás para su mala suerte, un niño muy solitario que nunca ha tenido amigos lo elige a él como su mejor amigo, como su único amigo, como su persona más querida, por encima de sus padres, que no se interesan mucho por él. El niño quiere al sicario sin cuestionarlo, alegando que a los amigos se les acepta como son.
Pero en un país lleno de corrupción y de bandas del crimen organizado, hasta los niños corren peligro. La novela cobra un tinte dramático y triste cuando el Karonte, el más peligroso asesino de México, inicia una lucha desesperada contra todo y contra todos siguiendo las enseñanzas de ese niño que lo adoptó como amigo sin su permiso. El niño le enseña al sicario que es un honor morir para salvar a un amigo y que un hombre, un verdadero hombre, nunca perdona al que lastima a su amigo.

sábado, 20 de febrero de 2016

Gaspard Caderousse, El Conde de Montecristo

La obra maestra El Conde de Montecristo es una novela  que nos presenta a villanos con distintos matices, algunos actúan por odio y envidia, otros por avaricia, algunos más por venganza y los hay quienes atacan hasta por diversión. Gaspard Caderousse es quizás el más bajo de los villanos puesto que su cobardía opaca por momentos su maldad.
Se trata de un joven sastre marsellés y amigo, en apariencia, de Edmond Dantés. Caderousse es una rata envidiosa que se enfurece aun cuando un pobre infeliz tiene con qué comer. Al volver Dantés de un viaje con una modesta riqueza, el sastre se llena de envidia, incluso se aprecia capaz de todo por destruir la felicidad de Dantés.
Poco después, cuando Mondego y Danglars traman la perdición del joven marinero, Caderousse, junto a ellos y en estado de ebriedad, se muestra acobardado, incluso dice sentir simpatías por Dantés. Ese momento de debilidad se lo relata a un misterioso abate años después y es lo que lo salva de la perdición. Porque el abate no es otro que Dantés, fugado de prisión y con poder suficiente para destruir a cualquier enemigo.
En lugar de castigarlo, Dantés provee a Caderousse de una modesta fortuna con la cual podrá vivir bien el resto de su vida. Pero el antiguo sastre no la quiere compartir con su esposa, se deshace de ella y termina en prisión, por azares del destino junto al hijo ilegitimo Villefort, Benedetto.
Cuando Dantés se hace presente en París para dar la última estocada de su larga venganza, también aparee Caderousse con las peores intenciones, ya más viejo y más malo, quizás alejado de su antaño tenue sentimentalismo. Dantés lo descubre y tal vez creyendo que ya es imposible redimirlo, permite que sea asesinado por su cómplice, Benedetto. Mas poco antes de su muerte le revela quién es en realidad ese oriental cubierto de oro a quien todos llaman Montecristo, pretendiendo probarle con ello que Dios castiga a los malos y gratifica a los buenos.