viernes, 20 de septiembre de 2013

El adolescente incomprendido y solitario

La adolescencia es una etapa difícil en la vida. Y no es que sea precisamente un período en el que se forma el carácter, quizás allí ya se formó, pero sí en el que se padecen las primeras amarguras de la realidad. Es cuando la persona empieza a transitar sola por un rumbo que a veces ni ella sabe, por un lapso de inestabilidad que surge del distanciamiento del otrora niño hacia sus padres, de la complicada realidad de no ser popular en la escuela, de no saber qué se quiere más que una ansiada tranquilidad que la realidad arrebata día con día.
Muchas veces, ocurre que un adolescente se siente incomprendido, solo, despreciado e incluso agredido por su entorno, y no ansia más que un acontecimiento que le ayude a borrar de tajo todo lo que no le gusta. Es común que entre más difícil sea la situación, más irreal sea la solución que el adolescente pretende. Muchos toman la sabia decisión de refugiar su tristeza en la literatura. A veces los parques están llenos de jovencitos con aspecto de ermitaños que devoran un libro.
La literatura quizás es la mejor opción para los adolescentes que se sienten solitarios e incomprendidos. Aunque tal vez no la buscan con el afán de hacerse cultos, sino con el de hallar su espejo en un personaje literario que sí es valiente y sí supera sus terribles problemas y pone en su sitio a sus agresores aún cuando no las tiene todas consigo.
Albram Dorogant, el personaje oscuro de El príncipe de la soledad, quizás sea el prototipo de hombre que muchos adolescentes quieren ser. Albram es muy joven y terriblemente solitario, despreciado por todos debido a su origen, pero su extraordinaria y hermética personalidad hace que incluso su carácter interese a quienes más lo detestan. Además, Albram es valiente, es un héroe sólo para sí mismo. Le satisface no hacer justicia, sino hacer pasar malos momentos a quienes no le agradan.
Es notable que Albram puede ser para los jóvenes solitarios que se sienten agredidos por doquier el equivalente a lo que es Edmundo Dantés, el Conde de Montecristo, para todos aquellos que han sido enviados a prisión injustamente. Pero los adolescentes quizás están en mejor disposición de conocer a Albram que los presidiarios a Edmundo. Su realidad –y sus objetivos-, por obvias razones, ya no son los mismos.
Lamentablemente, no todos los jóvenes se refugian en la literatura, incluso, es un porcentaje muy bajo el que lo hace. Muchos prefieren una realidad más cruda que la que no soportan, tal vez en el afán de demostrarse a sí mismos que pueden hacerse inmunes al dolor, o para castigar a sus seres queridos por no haberlos comprendido a tiempo.
Lo que indudablemente es muy cierto, es que la adolescencia es una etapa de terrible y peligrosa debilidad. Y si hay algunos jóvenes que en el proceso no flaquean, es por que tienen soportes muy sólidos en su entorno familiar, entre sus amigos e incluso en ocasiones entre sus profesores y hasta en ese primer amor que a veces sí da mieles.
Pero no es un aventuramiento decir que la etapa es la más vulnerable por la que puede pasar el ser humano, es cuando ya la persona no desea la sobreprotección de los padres, aun cuando no tiene la más remota idea de cómo protegerse a sí misma. Sobrevivir a la adolescencia pareciera un logro, y no llevarse terribles secuelas de ese período a la edad adulta, sin duda lo es.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Lirazel, de La hija del rey del País de los Elfos

Lirazel es una princesa elfa, y el personaje que da titulo al libro La hija del rey del País de los Elfos, de Lord Dunsany. Ella tiene una noción del tiempo muy diferente a la de los humanos. En su país quince años terrestres equivalen a un día. Su carácter es despistado y retraído, sobre todo para los humanos, quienes le dan a las cosas una importancia que ella no entiende.
La princesa ama profundamente a su padre, por quien siente una gran devoción, pero aun así, en cierta ocasión que ve cómo un joven humano pelea contra la guardia del rey, se va con él antes de que el soberano se enterado, cuando apenas han cruzado unas cuantas palabras.
Poco después se casa con el joven príncipe de Erl -ahora ya señor, puesto el día que pasa en el país de los elfos en la tierra equivale a muchos años y al volver ya ha muerto su padre-, y tienen un hijo, Orión. Pero al poco tiempo Lirazel ya no es feliz: no se adapta a las costumbres humanas y no entiende la religión de su esposo, por lo que él la recrimina constantemente.
Cuando su padre, el rey, se entera de su ausencia, en la tierra ya han pasado algunos años, y envía un trasgo por ella, valiéndose de una runa. Más por los reproches de Alveric que por el poder de su padre, Lirazel regresa al país de los elfos, a sentarse como una niña en las piernas del poderoso soberano, y allí permanece sentada por algunos minutos, mientras su hijo crece y se vuelve un temible cazador de unicornios, y su esposo recorre el mundo buscándola como un loco.
El rey de los elfos no quiere que su hija vuelva con los humanos porque el tiempo será cruel con ella, la envejecerá y le arrebatará su inmortalidad, pero Lirazel extraña a los suyos, a Alveric y a Orión, y le pide a su poderoso progenitor que utilice su última gran runa para reunirlos. ¿Lo hará?

martes, 17 de septiembre de 2013

Alveric, de La hija del rey del País de los Elfos

Alveric es un personaje que evoluciona mucho en la novela La hija del rey del País de los Elfos. Al principio tiene toda la apariencia de un gallardo príncipe de cuento de hadas, incluso capaz de ir al país de los elfos a derrotar a la guardia del rey y llevarse a la princesa. Pero no siempre es así.
Una vez que Lirazel, la princesa elfa, es su esposa y tienen un hijo, le reprocha constantemente no adoptar de manera absoluta su religión, ya que a ella le gusta demostrar devoción por las estrellas y otros objetos hermosos, más que por las cosas sacras que Alveric de impone.
Pero cuando Lirazel regresa con su padre, Alveric enloquece por haberla perdido y se dedica de manera incansable a buscar, abandonando a su hijo y sus funciones como señor de Erl. Mas su búsqueda es estéril porque el rey del país de los elfos es capaz de detectar su presencia y siempre se esconde cuando lo siente cerca.
Así es como Alveric pasa de ser un príncipe de cuento de hadas a un hombre devastado por no hallar a su amada, capaz de recurrir a lo que sea con tal de acercarse a ella. Cuando después de mucho buscar no logra encontrar nada, se rodea de una comitiva estrafalaria, de hombres atípicos entre los que merodea muy de cerca la locura, creyendo que ayudado por ellos le será posible dar con el escurridizo país de los elfos, donde está su amada Lirazel.
Pero esta nueva búsqueda tampoco da resultados, ya que el problema está en la espada mágica que Alveric lleva consigo, la misma que es una especie de alarma para el rey elfo. Y sólo gracias a la bruja Ziroonderel es capaz de despistarlo, sin que los desquiciados que lleva con él aporten nada.
Pero el problema radica en que los acompañantes que le quedan a Alveric en realidad ya no desean entrar al país de los elfos. Y están dispuestos a lo que sea con tal de detenerlo y seguir siempre errantes llevándolo como su prisionero.
Alveric evoluciona radicalmente, pasa de ser un apuesto príncipe a un hombre escuálido, envejecido y con aspecto de vagabundo al que ya nada puede salvar de su cautiverio. O acaso sólo su amada Lirazel, la hija del poderoso rey elfo.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Ziroonderel, de La hija del rey del País de los Elfos

En la novela La hija del rey del País de los Elfos, de Lord Dunsany, Ziroonderel es una bruja, pero no se ajusta al prototipo de bruja mala, planeando desde una cloaca oscura cómo hacer y repartir equitativamente el mal. Ziroonderel es una bruja buena, incluso moralista, que ayuda a los protagonistas y les da sabios consejos.
La primera vez que aparecen en la novela, es cuando dota a Alveric de una espada poderosa con la cual pueda lleva a cabo con éxito la misión que su padre le ha encomendado: ir al País de los Elfos y volver con la hija del rey.
Ziroonderel vuelve a aparecer cuando Alveric le pide que eduque a su hijo, Orión, mitad elfo y mitad humano, y aunque la bruja quiere vivir sola y no realizar una tarea fastidiosa, acepta porque le es fiel a su señor. Así es como se convierte en la institutriz de Orión, y de alguna manera en la única que lo entiende un poco, ya que Ziroonderel, al estar dotada de magia, tiene un mayor acercamiento con los seres mágicos que cualquier otro humano.
Cuando el rey de los elfos aleja a su país para que Alveric no encuentre a su hija, Lirazel, él se dedica a buscarla por años sin el menor éxito. La única que sabe qué ha ocurrido es la propia Ziroonderel, quien le explica a Alveric que al llevar él la espada mágica que ella le dio, el rey de los elfos detecta su presencia cada que se acerca y vuelve a mover su país.
La bruja le da a Alveric la clave para poder acercarse sin que el rey se dé cuenta, y cuando Alveric le dice que acaso será castigada por el poderoso monarca, ella no le da importancia a lo que pueda ocurrir, demostrando con ello que es más grande su lealtad a Alveric que cualquier temor a un castigo del rey de los elfos.
Ziroonderel también sabe cuán grande ha sido el error de los habitantes de Erl al desear ser gobernados por un señor dotado de magia. Cuando ésta se hace presente en todas sus formas y ya no los deja en paz, el propio parlamento de Erl va a buscarla para que dé una solución, a sabiendas de lo poderosa que es, pero la bruja les reprocha haber deseado a un señor mágico, y les asegura que aún faltan muchas cosas por verse, ya que han mezclado de forma negligente a los seres mágicos con la tierra, y eso tendrá consecuencias.
Al terminar la novela, Ziroonderel resulta una bruja atractiva porque en todo se parece a sus iguales, menos en algo: es, como todas, solitaria, misteriosa y el límite de sus poderes es desconocido, pero es una bruja buena, incluso el mayor referente moral dentro de la historia.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Orión, de La hija del rey del País de los Elfos

La hija del rey del País de los Elfos es una de las primeras novelas del género fantástico que explora los elementos fantasiosos de la misma forma que lo haría Tolkien y que siguen vigentes en muchas novelas que surgen en estos tiempos y que tanto éxito encuentran. Su autor, el aristócrata irlandés Lord Dunsany, fue de los primeros autores del siglo XX que se consagró como uno de los grandes de la fantasía.
Lord Dunsany quizás también sea de los precursores en la creación de los hoy tan interesantes híbridos. El híbrido que él creo es Orión, un joven que surgió como consecuencia del deseo de los pobladores de Erl de ser gobernados por un señor dotado de magia. Ese interés los lleva a expresarle sus deseos a su gobernante, quien envía a su hijo Alveric al País de los Elfos con la misión de regresar con la hija del rey.
Alveric cumple su misión: no sin serios problemas que casi le cuestan la vida, entra al País de los Elfos, derrota a la guardia del rey y se lleva a su hija, Lirazel. Pronto la princesa le da un hijo, Orión, un niño que es educado por una bruja, la mejor institutriz dado su origen mágico, y quien se ocupa de él cuando desaparecen sus padres.
Orión aun siendo niño se ve repentinamente solo ya que su madre fue recuperada por su abuelo y su padre ha ido por ella no se sabe a dónde. Pero al no ser del todo humano, Orión no se comporta como tal. Lo único que lo divierte es la cacería, y acompañado por una jauría de fieros perros recorre los bosques en busca de presas que satisfagan su afición.
Sus andanzas pronto cobran tintes míticos, ya que el joven príncipe, siendo medio elfo, puede tener contacto con aquellos que viven en el país de donde es su madre. Así pronto empieza a cazar unicornios y a rodearse de trasgos. Sus cacerías se vuelven una tarea inaplazable para él, y cada que cae la noche se le ve merodeando entre la frontera que divide al País de los Elfos de la tierra, esperando que alguna criatura mágica la cruce despistadamente para lanzarse sobre ella.
Ésa es la vida Orión, un joven que no halla su completa identidad en ninguno de los lados de la frontera y que se dejará arrastrar por su pasión salvaje por la cacería hasta que su abuelo, el rey del País de los Elfos, quien ve el tiempo pasar muy lentamente, decida hacer algo definitivo.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Lydia Bennet, de Orgullo y prejuicio

La extraordinaria novela Orgullo y prejuicio, de la genial escritora Jane Austen, es precursora de muchos de los personajes tópicos de la literatura y del cine de la actualidad. Tal pareciera que la autora diseñó los moldes de los que, dos siglos después, serían una producción en serie para las masas de sus personajes.
Si Fitzwilliam Darcy y Elizabeth Bennet son el prototipo de caballero y heroína, Lydia Bennet lo es de la bonita, tonta y superficial tan producida por Hollywood hoy en día. Lydia es la menor de las hermanas Bennet, tiene quince años, y podría ser también la más descerebrada de las cinco de no ser porque tiene que compartir el titulo con su hermana Catherine, su secuaz y admiradora.
Lydia y Catherine son dos adolescentes superficiales que sólo piensan en fiestas y en oficiales del ejército. Éstos son las debilidades de ambas, tanto que se vuelven locas apenas ven un tipo de uniforme y no lo ocultan jamás. Su adicción a los oficiales es tan notoria que algunos personajes de la novela hacen sarcásticamente hincapié en ello.
Cuando aparece en sus vidas el irresistible George Wickham metido en su uniforme, enloquecen por él, sin pensar siquiera qué tantos escrúpulos tendría el hombre. Ambas hermanas son de manera indirecta, junto con la madre, las culpables de que Darcy tarde tanto tiempo en declararle sus sentimientos a Elizabeth, ya que lo aterra el hecho de emparentar con personas que constantemente están haciendo el ridículo o planeando cómo hacerlo.
Uno de los temores de la sensata Elizabeth es que su hermana Lydia algún haga una tontería. Y vaya que la hace. Cuando el encanto de George Wickham es superado por sus deudas de juego y sus mentiras empiezan a aflorar, decide marcharse, pero Lydia no tiene reparo alguno para irse con él, sin que siquiera haya un compromiso y mucho menos un matrimonio de por medio.
En la época en que está narrada la historia, tal acción era un aterrador desprestigio para la familia, mas Lydia jamás piensa en ello. Afortunadamente, antes de que Wickham la olvide en alguna posada, la salva el hecho de que Darcy está enamorado de su hermana y dispuesto a gastar parte de su descomunal fortuna para ayudarla. Darcy encuentra a Wickham y lo soborna para que se case con Lydia, de tal manera que el honor de la familia Bennet quede intacto. Aunque el hecho no deja de ser, como luego señala la tía de Darcy, un mero remiendo.
Al parecer el capricho de Lydia y el compromiso, previo arreglo económico, de Wickham dura poco. Al final de la novela el matrimonio ya está haciendo aguas por todos lados, pero no se aclara en qué para todo ni cuáles son las consecuencias del aburrimiento que ambos experimentan al poco tiempo de casados.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Severus Snape, de la saga Harry Potter

Severus Snape es sin duda uno de los personajes más interesantes de los libros de Harry Potter, y en ese sentido mucho ayuda su oscura personalidad, siempre envuelta en misterios que él jamás se preocupa por aclarar ni siquiera un poco. Snape es un maestro del engaño, nacido para hacer el mal pero autodestinado a hacer el bien quizás como un castigo a sí mismo por haber provocado la muerte de su amada.
Snape es el prototipo de personaje gótico en todos los sentidos, incluso por andar siempre enfundado en ropajes negros y esmerarse por infundir miedo a los demás. Su personalidad, y su biografía, son como un rompecabezas del que van saliendo piezas en la medida en que avanzan los libros.
En un principio el propio Harry Potter lo cree un villano ocupado casi exclusivamente en atormentarlo. Pero al final del primer libro descubre que es nada menos que su protector debido a una vieja deuda que dejó pendiente con su padre, James Potter. Mas esta revelación no aminora en absoluto la oscura y misteriosa personalidad de Snape, y mucho menos vislumbra cuál es su verdadera lealtad. Quienes lo rodean tienen más motivos para pensar que es un esbirro de Voldemort que un hombre de Dumbledore. Lo más extraño es que pareciera que Snape se esmera más para que piensen lo primero y no lo segundo.
Un aspecto que aumenta la presumible maldad del personaje es su odio nunca disimilado a James Potter y sus amigos: Sirius y Remus. Snape los odia porque en su infancia mientras todos estudiaban en Hogwarts le hicieron la vida imposible. Pero su rencor se centró más en Potter porque fue quien conquistó el corazón de  Lily Evans. Ese sentimiento, que no ignora nadie cuando ya es adulto, lo utiliza hábilmente para llevar a cabo la misión a la que consagrado su vida: cuidar a Harry Potter, el hijo de la mujer que sigue amando aun estando muerta.
Cuando, después de muchos misterios, Snape se revela como un mortifago a las órdenes de Voldemort, aún sigue siendo un personaje misterioso que pese a que parece malo, actúa como malo y se viste como malo, algo sencillamente no cuadra. Pero es tan hábil que consigue que todos, incluso su malvado señor, piensen de él lo que él quiere.
Tras la muerte de Dumbledore a manos suyas, todos aquellos que creían que no era lo que se esmeraba en aparentar, pierden la esperanza de que realmente sea un hombre bueno. Snape por fin se revela como la criatura oscura que siempre había deambulado en los lindes del lado tenebroso.
Mas cuando más malo lo creen, es cuando Snape más bueno es. Aprovechando que en ambos lados tienen un concepto equivocado de él, se propone llevar a cabo con éxito la misión que se impuso ante su amada muerta Lily Potter. Cuando Voldemort lo mata no es porque haya descubierto su total deslealtad, sino porque le servía a sus planes. Sin pretenderlo, el Señor Oscuro castiga al más traidor de sus esbirros.
Y tras su muerte, es cuando todo se descubre: Snape no fue un hombre precisamente bueno, pero sí, como lo reconoce años después Harry Potter, un mago muy valiente, que se torturó toda su vida e hizo, gracias a su gran inteligencia, todo lo que se había propuesto hacer, ofreciendo a los demás una personalidad que no era la suya, ya que la suya la ocultó siempre porque estaba llena de dolor.