sábado, 8 de marzo de 2014

El héroe guapo y joven, una moda de Hollywood

En la actualidad estamos acostumbrados a que los héroes por fuerzas tienen que apegarse al prototipo de belleza aceptado universalmente que viene desde la mismísima antigua Grecia, ese que indica que el héroe debe de ser si no alto de estatura aceptable, rostro hermoso, cabello si no rubio al menos rizado o largo, corpulento, sin caer en los excesos, algo así como El David, y, ya entrados en exigencias actuales, poseer un pene portentoso para si la ocasión lo requiere.
Las artes plásticas así habían concebido al héroe por muchos siglos, no obstante, la literatura no, al menos no hasta hace algunas décadas. Me puse a pensar en ello cuando escribí hace unos días la biografía de Quasimodo, un héroe romántico que no encajaría en los estándares actuales ni con influencias. Pero repasando la literatura de otros siglos, nos damos cuenta que entonces no era imprescindible ser guapo para ser héroe, algo, desde luego, muy lógico.
Si pensamos en Edmundo Dantés, el vengador conde de Montecristo, los años en prisión lo hacen adquirir una palidez vampírica que espanta a las mujeres una vez que es un acaudalado, sabio y políglota aristócrata. Drácula, que no es héroe pero sí protagonista, es feo hasta decir basta, y su antagonista, Van Helsing, es viejo. Heathcliff, el de Cumbres Borrascosas, es un hombre corpulento, alto, pero no encaja en los estándares de guapo de la época, es decir, no es rubio de ojos azules, sino moreno, quizás con algún rasgo hindúe o achinado. Y ni qué decir de Alonso Quijano, una cómica y flacucha figura que hace con su físico sarcasmo del heroísmo que pretende desarrollar.
Y así podemos repasar a muchos héroes literarios del pasado, inmortales ya, pero no guapos. No obstante, si repasamos a los héroes que nacen en estos tiempos, encontramos que casi por una extraña lógica todos son, cuando menos, irresistibles, algunos hasta el hartazgo. Edward Cullen posee una belleza y perfección física que empalaga y hasta fastidia a media novela. Albram Dorogant, el príncipe de la soledad, es demasiado alto, y sugeridamente tan guapo como misterioso, algo conveniente porque cumple con los estándares actuales pero que tampoco empalaga porque no se menciona tan a menudo en la novela sino que simplemente se da a entender. El príncipe Po, de Graceling, es un hombre corpulento y muy guapo, no tanto para hastiar al lector pero sí lo indispensable en una novela de corte juvenil romántico rayando en lo aburrido.
Pero, regresando al principio, ¿a qué se debe esa mutación del héroe de feo, simplón y hasta deforme (volvemos con Quasimodo) en arrebatadoramente guapo de unas décadas para acá? Ni duda cabe de que se lo debemos a Hollywood. La industria del cine ha creado un prototipo de héroe, incluso guapizando a personajes literarios feos (Drácula), al que se han tenido que adaptar los escritores de estos tiempos para que sus protagonistas gusten. Los héroes de hoy sencillamente tienen que ser guapos para gustar, si no mucho al menos un poco, de lo contrario aun siendo parte de una obra maestra, no hallarán cabida en el gusto de la mayoría del público.

viernes, 7 de marzo de 2014

Esmeralda, la gitana de Nuestra Señora

Esmeralda es uno de los símbolos sexuales romanticistas más emblemáticos de la literatura del siglo XIX. Posee una belleza inigualable y exótica para la época debido a su piel morena, a la par de una gracia extraordinaria, que encanta a quien la ve. No es una gitana por nacimiento, sino hija de una ex prostituta que la adora como las buenas madres aman a sus hijos, mas es robada en su más tierna infancia por unas gitanas que, en compensación, dejan a un niño tan feo como bella es Esmeralda, y que años después cobrará fama como campanero de la iglesia de Nuestra de Señora de París.
Ya siendo una hermosa jovencita que deja boquiabierto a todo aquel que contempla su deslumbrante figura, la gitana vive en la capital francesa, formando parte de las ratas de alcantarilla que componen la famosa y tétrica Corte de los Milagros, como una especie de flor en el fango. La joven baila y canta en las plazas para ganarse la vida, donde nadie es ajeno a su hermosura, ni siquiera el oscuro sacerdote Claudio Frollo.
Frollo se calienta de manera incurable con la visión de la gitana, y por más que lucha contra las ganas que lo devoran, no logra controlarse y se decide a ir por ella. Una noche intenta raptarla ayudado por su hijo adoptivo, Quasimodo, pero son interceptados por el capitán Febo y mientras don Claudio apenas logra escapar, el jorobado cae en manos de la justicia, que lo castiga con rigor.
Pero Frollo no se deja amedrentar por ese tropiezo, su obsesión por la gitana es tanta que está dispuesto a lo que sea con tal de hacerla suya o a verla muerta antes que con otro. Y ese otro es el capitán Febo, quien, pese a ser un rufián de lo peor, es guapo y quedó como un héroe ante Esmeralda al salvarla. Ella se enamora perdidamente de él, lo que el capitán aprovecha para practicar su deporte favorito, que consiste en hacer caer prendas femeninas. Pero Frollo se interpone en su camino y casi lo mata, además de que aprovecha la ocasión para acusar a la gitana del atentado y lograr que sea arrestada y juzgada.
Cuando Esmeralda es sentenciada a muerte, el oscuro sacerdote se presenta ante ella y le ofrece su libertad a cambio de amarlo a él. Pero la gitana prefiere morir al igual que su amado Febo, a quien cree ya en la tumba. Frollo enfurece y deja que las autoridades cumplan sus designios con la que creen una hechicera y asesina. Pero un héroe la salva de morir y no es un guapo capitán de caballería, sino el feo y deforme Quasimodo, en agradecimiento a que Esmeralda le dio agua cuando era azotado como castigo por haber intentado raptarla precisamente a ella.
Quasimodo asila a la gitana en la iglesia de Nuestra Señora, donde las autoridades no pueden tocarla por ser terreno del Altísimo. Pero también allí está don Claudio, quien una noche no puede soportar la calentura que Esmeralda le provoca y a punto está de saciar sus deseos de no ser por la presencia del jorobado.
El sacerdote planea cómo volver a poner a la gitana entre la espada y la pared para que ésta elija la espada, la suya. Se confabula con Pedro Gringoire, un filósofo mediocre que por azares del destino llegó a ser nada menos que el esposo de Esmeralda, aunque sólo en apariencia. Gringoire echa contra Nuestra Señora a toda la pandilla de hampones de la corte de los milagros, pero Quasimodo, creyendo que son las autoridades que van por ella, impide que se la lleven y mata a tantos que hace parecer que la iglesia está defendida por un ejército.
Frollo aprovecha la confusión para, en compañía de Gringoire, sacar a la gitana de la iglesia y llevarla a un lugar solitario donde le repite la propuesta anterior: él o la muerte. Al obtener una segunda negativa, el sacerdote la encarga a una loca prisionera que odia a los gitanos porque le robaron a su hija, mientras va por las autoridades para delatarla. La loca y la gitana resultan ser madre e hija, separadas hace tres lustros, pero poco les dura la alegría porque pronto llegan los soldados del rey para cumplir con las leyes.
La madre de Esmeralda, que de loca no tiene nada, logra fingir hábilmente y hace que los verdugos realmente crean que su hija no está allí con ella, pero Esmeralda, por aquello que dicen que el amor vuelve idiotas a las personas, al oír la voz de su amado Febo, que forma parte de sus perseguidores, sale de su escondite y sella con eso su destino, el de su madre, el de Frollo y hasta el del propio Quasimodo.

domingo, 2 de marzo de 2014

Pedro Gringoire, de Nuestra Señora de París

En Nuestra Señora de París, la segunda obra más famosa de Victor Hugo, después de Los Miserables, Pedro Gringoire es un filósofo flacucho, distraído, algo gris y mediocre que pese a ello tiene un revelante papel en la historia.
Al principio de la novela Gringoire está a punto de empezar a brillar con luz propia, ha escrito un drama que será representado en un importante evento en París, pero el griterío del vulgo, más afín a los desmanes que al arte, lo echa todo a perder y el escritor, sin un centavo encina ni un techo dónde pasar la noche, se pone a vagabundear por ese París medieval.
En su caminata conoce a la deslumbrante y hermosa gitana Esmeralda, quien gracias a sus tentadores bailes consigue con que llevarse el pan a la boca. Allí, donde los calenturientos parisienses se ponen a admirar a la hermosa gitana, Gringoire también descubre a su antiguo maestro y por quien siente un gran respeto: el sacerdote Claudio Frollo.
Sin nada más que hacer en la miserable noche, Gringoire se pone a seguir a la gitana, sólo para presenciar poco después que a ésta intentan secuestrarla Quasimodo y otro hombre misterioso. Sacando valor de su flacura, trata de defenderla, pero el jorobado lo pone pronto fuera de combate como si le diera un manotazo a una araña. Poco después llega el capital Febo con su caballería, quien sí puede someter a Quasimodo, provocando que la gitana lo vea como a un héroe y se enamore de él.
Gringoire continúa con su caminata nocturna, pero sus descuidos lo llevan a la famosa Corte de los Milagros, un nido de mal vivientes a los que pertenece la gitana que en cuanto lo ven deciden burlarse de él primero y después ahorcarlo. Gracias a que Esmeralda le guarda un poco de agradecimiento por haber tratado sin éxito de salvarla, decide hacer lo mismo por él de la única forma posible: desposándolo. Como esposo de la gitana Gringoire pasa a ser un miembro más de los hampones que causan terror en la Corte de los Milagros.
Al principio piensa que podrá hacer con la hermosa morena lo habitual en cualquier pareja, pero ésta le deja claro que nunca habrá nada entre ellos y que sólo se casó con él para evitar que lo ahorcaran. Gringoire no se inmuta por mucho tiempo. Es a fin de cuentas un filósofo y eso lo hace ir de una atracción a otra, así que su mente pasa del cuerpo de la gitana a la arquitectura, a la poesía o a la pintura muy rápidamente.
Cuando Esmeralda es apresada por supuestamente haber tratado de matar al capitán Febo, Gringoire trata de salvar a su esposa. Por sus posibilidades y capacidades son muy pocas. Pero como ignora las verdaderas intenciones de su maestro Claudio Frollo, es fácilmente manipulado por éste con la intención de llevarse a la gitana de la iglesia de Nuestra Señora antes de que las autoridades vayan por ella para ahorcarla.
Gringoire se une a los hampones que sitian la iglesia con la intención de saquear sus riquezas y luego, si se puede, salvar a Esmeralda. Eso al filósofo lo lleva a la presencia del mismísimo rey Luis XI, y, fiel a su costumbre de impedir que lo ahorquen en el último instante, también gracias a su palabrerío se salva de la cólera del soberano.
Después ayuda a Frollo a sacar a la gitana de Nuestra Señora, pero fiel también a su costumbre de quitar relevancia a lo importante se concentra en salvar únicamente a la cabrita que sirve de mascota a Esmeralda y deja a su “esposa” en manos del villano sin sospechar lo que éste se propone. Es la última vez que se le puede ver en la historia, aunque según apunta Hugo continuó su vida de intelectual distraído, pero no con toda la suerte que hubiera deseado para sí.


jueves, 27 de febrero de 2014

Claude Frollo, de Nuestra Señora de París

Claudio Frollo es uno de esos magistrales villanos de la literatura, atractivo por sus contrastes, su personalidad oscura y su degradación moral a consecuencia de una pasión que más que amor es una calentura añejada por sus años de celibato en calidad de sacerdote.
En sus años mozos, don Claudio es un erudito totalmente enfocado a sus estudios, una mente brillante que se perfila como un intelectual de gran presencia. Pero aun cuando lo más importante para él son sus libros, en el momento en que su hermano menor queda solo por la muerte de sus padres, se ocupa de él y le profesa un gran cariño. Su Juanito lo es todo para don Claudio, tanto que aun cuando es un hombre estricto y severo, cede a sus chantajes siempre.
Don Claudio llega a ser archidiácono de la iglesia de Nuestra Señora de París, situación que utiliza para colocar a su hijo adoptivo, Quasimodo, en el puesto de campanero. Su vida transcurre con normalidad entre sus estudios, en los que prefiere la alquimia, su problemático hermano menor y la educación que le da a su sordo, jorobado y tuerto Quasimodo. Tiene en la historia 35 años, pero aparenta 50 debido a su envejecimiento prematuro como consecuencia de su quebradera de cabeza frente a los libros.
Con fama de monje oscuro, don Claudio es un sacerdote algo normal, hasta que conoce a la gitana Esmeralda, una jovencita de 16 años, morena, hermosa, dueña de un cuerpo atractivo y una gracia incomparable. El monje se calienta, más incluso de lo que se puede permitir. Primero piensa que Esmeralda es una tentación provocada por fuerzas oscuras para hacerlo débil, pero después comprende que es una mujer de verdad, una mujer a la quiere poseer porque sencillamente ya no soporta la calentura que ella le provoca.
Se dedica a perseguirla, a acosarla, en su desesperación la tacha de bruja, como una negación a su debilidad por ella. Cuando la pasión lo domina, junto con Quasimodo trata de secuestrarla, pero el apuesto y rufián capital Febo frustra el ataque y queda como un héroe ante ella. Esmeralda se enamora del deslumbrante y joven capitán, quien también la quiere para saciar su calentura. Don Claudio no lo soporta e intenta matarlo, pero hace que culpen a Esmeralda y se ofrece a salvarla del patíbulo a cambio de estar con él. La gitana, para entonces, ha ganado un protector, se trata de Quasimodo, a quien dio agua cuando era azotado precisamente cuando trató de raptarla. El jorobado la salva y la asila en Nuestra Señora, donde las autoridades no pueden tocarla.
Cuando los hampones amigos de Esmeralda se presentan en la iglesia a rescatarla, el jorobado, que no comprende su intención, les presenta una fiera resistencia. A los hampones se ha unido el queridísimo hermano de don Claudio, Juan, a quien Quasimodo mata sin consideraciones. El monje, durante la batalla, saca a esmeralda en una lancha por el Sena y una vez más le revela su gran amor, o su gran calentura, y le ofrece la salvación a cambio de apagar sus llamas. La gitana la rechaza y él, aun con el terrible dolor que ello le provoca, la delta a las autoridades para que la ahorquen.
Al ver Quasimodo lo que ha sido de la mujer que ama, la única que le había dado un poco de ternura, termina con la vida de don Claudio arrojándolo de Nuestra Señora. Así se cumple, de alguna manera, la profecía no escrita en la novela por Hugo pero sugerida por el contexto romanticista: cuando don Claudio adoptó al niño que todos creían un monstruo, condenó a su familia a perecer en sus manos, ya que es Quasimodo quien termina matando a los dos hermanos Frollo.
Lo interesante de don Claudio es sin duda su abierta y a la vez enigmática personalidad. Es un hombre como cualquier otro, desbordado por las pasiones. Siente amor fraternal por su hermano, lastima por su pupilo, vanidad por sus conocimientos y se calienta, aunque él cree que es amor, ante una mujer hermosa. Es, después de todo, casi un hombre como cualquiera.

martes, 25 de febrero de 2014

Quasimodo, héroe romántico y amante fiel, pero feo

Quasimodo es uno de esos héroes de la literatura de una sola pieza. Es fuerte y muy valiente, capaz de pelear contra un ejército, agradecido como pocos, dispuesto a recibir un castigo sin un rechinar de dientes por aquél al que debe lealtad, y tampoco se lo piensa ni media vez a la hora de defender con la bravura de un león a la mujer que ama. Pero tamaño héroe romántico es feo, razón por la cual seguramente Hollywood no lo ha utilizado hasta el hartazgo como protagonista de un sin fin de películas matizadas, retocadas y rellenadas con escenas de sexo.
Nuestro héroe nace probablemente en el seno de una familia gitana, pero al ver los padres que era terriblemente deforme, casi como un monstruo de piedra, no tuvieron reparo en cambiarlo por una hermosa niña sin el consentimiento de la madre de ésta. El niño rodó hasta llegar a manos, en calidad de adoptado, de archidiácono de la Iglesia de Notre Dame, don Claude Frollo.
Claude es un erudito ocupado sólo de su pequeño hermano y de sus estudios, y al adoptar a Quasimodo únicamente pensó en adquirir una especie de baúl de los pecados que en la edad adulta podría cometer su adorado hermano Juan, que de hecho comete muchos. El deforme niño se vuelve campanero de Notre Dame, oficio que, aun con todas sus deformidades, lo vuelve sordo. Claude lo educa sin ningún vínculo sentimental, como una especie de pieza de ajedrez que algún día podría servirle. El jorobado, en cambio, siente por su señor una lealtad similar a la de un ángel con el Altísimo.
Cuando Quasimodo se vuelve adulto, se vuelve también extremadamente fuerte. Y por ese entonces su amo se enamora de una hermosa joven gitana. No duda en usar la fuerza de su adoptado para conseguirla, pero algo sale mal, el secuestro es frustrado, Claude escapa como un cobarde y el jorobado es arrestado y, posteriormente, sometido a un terrible castigo por parte de las autoridades.
Cuando el jorobado ha recibido ya la fuerza del verdugo, pide, exhausto, agua, pero el pueblo parisino en lugar de tener un gesto de bondad lo hace blanco de sus terribles burlas. Sólo una persona se apiada de Quasimodo, y ésta es Esmeralda, la misma a la que trató de secuestrar para satisfacer los deseos mezquinos de su señor.
Este acto le granjea a Esmeralda un poderoso protector. Quasimodo, que nunca ha recibido una gota de ternura, está dispuesto a pagar con su vida el balde de agua que le ha dado la hermosa joven morena. Poco después ella es arrestada, acusada de matar al hombre que ama, que también es un rufián de lo peor, y cuando va a ser ejecutada, Quasimodo la salva y la pone bajo el asilo de la iglesia de Notre Dame, donde termina de enamorarse de ella y la cuida como al tesoro más valioso de la tierra.
Cuando una turba de hampones va a salvar a Esmeralda, el jorobado, al ser sordo y no oír el discurso de éstos, piensa que van por ella para sacrificarla, y los enfrenta con tanto valor, determinación y bravura, que él solo a punto está de hacer que emprendan la retirada. Pero la noche es larga y a los hampones les siguen los soldados del rey Luis XI, que sí van por Esmeralda para ahorcarla. Quasimodo no se deja vencer por el cansancio, pero la suerte y su amo, Claude, le juegan una mala pasada. Aun así, su amor y lealtad por Esmeralda es quizás más grande que el de Romeo por Julieta, ya que:

Cuando trataron de separar su esqueleto del de ella, sus huesos se hicieron polvo.

viernes, 7 de febrero de 2014

Dócrates, de Los Caballeros del Zodiaco

Mi anime favorito en la niñez, antes de Dragón Ball Z, fueron Los Caballeros del Zodiaco, al igual que de todos mis compañeros de escuela. Recuerdo que solíamos pegar estampas de los protagonistas en nuestros cuadernos y dibujarlos aprovechando la distracción de los profesores. El que mejor me salía era Dócrates, aunque ya no conservo ninguno de aquellos dibujos. Pero la anécdota me ha metido la intención de biografiar al personaje.
Dócrates es el primer esbirro de Saga de Géminis, bajo el disfraz del Patriarca del Santuario, en ser enviado a recuperar la armadura de Sagitario tras la derrota de Ikki, mi personaje favorito de la serie. Se trata de un gigante muy poderoso que se dice hermano de Cassios, el guerrero al que Seiya tuvo que vencer para ganar su armadura de bronce. Por tal razón, Dócrates odia a Seiya y ansía medir sus fuerzas con él.
Pero ciertamente, Dócratas es mucho más poderoso que Seiya y que los otros tres caballeros de bronce. Más es inferior a Ikki, quien ya libre de todo odio, cansado y moribundo, todavía se da el lujo de someterlo y sepultarlo en una avalancha de rocas. Sin embargo, el gigante no muere. Sale de su sepultura y va contra los caballeros de bronce, a quienes trata como a muñecos ahora que ya no está Ikki para defenderlos.
El gigante, durante la primera batalla, se apropia de todos los fragmentos de la armadura de oro, a excepción del casco, y la esconde dentro de una roca que tiene la forma de la cabeza de un león. Para apropiarse también del casco, Dócratas secuestra a Saori, una joven que en ese momento desconoce que es la Diosa Atenea, pero funge como líder de los caballeros de bronce.
Cuando Seiya y sus amigos van a rescatarla, Dócratas los humilla con demasiada facilidad. Pero Hyōga recuerda una técnica que en Siberia  le enseñó su maestro para someter a enemigos de gran talla. Así que congela las piernas de Dócrates, mientras Seiya y Shun lo atacan hasta matarlo. Mas eso no evita que la mayor parte de la armadura de oro llegue a manos del Patriarca del Santuario.
Dócrates es un caballero de gran presencia. Tiene un aspecto mucho más fiero que el cómico de su hermano Cassios, aparte su armadura es imponente e intimidadora: de color rojo, representando a una hidra, le da al caballero una apariencia que pocos tienen en la historia.
No obstante, Dócrates es un caballero de bronce, pertenece, por tanto, al rango más inferior, pero su altura y su gran fuerza lo hacen un enemigo formidable y casi invencible para sus iguales. Como complemento de su imponencia, lleva siempre una escolta de caballeros negros que poseen armaduras similares a la suya, a los que utiliza para atacar a enemigos que no cree dignos de batirse con él.
Es notable que, más avanzada la historia, pocos de los caballeros de plata, de oro y los marinos de Poseidón tuvieron una personalidad tan amenazadora. Tan sólo los dioses guerreros de Asgard poseían un aspecto más fiero e intimidador que el de Dócrates, un simple caballero de bronce que murió al principio de la historia.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Ikki, el Ave Fénix, otro gran antihéroe

Hace unos días escribí sobre Vegeta, uno mis antihéroes favoritos de la niñez, y hace tiempo sobre Albram Dorogant, mi antihéroe favorito de la literatura de estos tiempos, así que he decidido complementar la terna hablando de Ikki, el caballero Fénix, mi primer antihéroe favorito allá por mi lejana infancia.
Antes que nada, aclaro que mis conocimientos del personaje corresponden exclusivamente al anime Los Caballeros del Zodíaco, al igual que en el caso de Vegeta, porque desconozco los mangas. A eso hay que añadirle las posibles lagunas mentales propiciadas por el paso del tiempo, aunque vi la historia tantas veces cuando niño que quizás no haya muchas.
Ikki es un huérfano que junto con su adorado y sobreprotegido hermano menor, Shun, es seleccionado por el magnate Mitsumasa Kido (he oído que según el manga es su padre biológico) para ser dispersado por el mundo junto con otros ocho niños y así consiga ser un caballero y guardián de Atena, la pequeña que Mitsumasa ha adoptado como su nieta.
Los lugares a los que serán enviados los diez niños son sorteados por Tatsumi, el tirano y fiel sirviente de Mitsumasa. La mala suerte hace que a Shun le toque ir a la Isla de la Reina Muerte, una especie de volcán en erupción perdido en el océano del que muy pocos han logrado salir vivos y no exentos de deformaciones tanto físicas como mentales. Tatsumi le garantiza a Shun que sus posibilidades de sobrevivir son prácticamente inexistentes, por lo que Ikki, como hermano mayor y sobre protector, exige ir en su lugar argumentando que necesita vacaciones.
Su determinación y la fuerza de su carácter convencen a Mitsumasa, aunque Tatsumi, furioso por la irreverencia del niño, lo golpea hasta casi matarlo. Cinco años después vuelven uno a uno aquellos chiquillos ya convertidos en caballeros de bronce e inician un torneo para determinar quién de ellos merece portar la armadura dorada de Sagitario, la misma que el moribundo caballero Aioros le entregó a Mitsumasa junto con la bebé Atena.
Cuando ya se han desarrollado varios combates, aún falta un caballero por regresar, y es precisamente Ikki. Pero de pronto aparece portando la inmortal armadura del Fénix y exhibiendo un poder capaz de aniquilar a todos los demás caballeros de bronce juntos. Su primera víctima es su hermano, a quien al parecer ya no adora sino que, por el contrario, busca eliminarlo por débil y sentimental.
Ikki roba la armadura dorada y rodeado de una escolta de caballeros negros dispuestos a morir por él les declara la guerra a los demás caballeros de bronce. Curiosamente sólo cuatro aceptan el desafío: Shun, Shiryū, Hyōga y Seiya. La batalla es muy dura, los caballeros del bien derrotan no sin dificultad a los caballeros negros, pero el principal problema es que Ikki es tan poderoso que puede vencerlos sin dificultad a todos juntos.
Cuando milagrosamente lo derrotan, aparecen más enemigos enviados por el malvado Patriarca del Santuario para robar la armadura. Esta vez se trata de Docrates, un gigante y poderoso caballero que hará sufrir mucho a los caballeros de bronce antes de dejarse matar. Pero en ese inicio de la batalla tiene una breve pelea con un malherido y moribundo Ikki, en la que éste se muestra incluso muy superior al gigante, logrando someterlo y sepultarlo entre una avalancha de piedras.
Ikki también muere sepultado en esa batalla. Pero se trata del caballero del Fénix, una ave inmortal. Poco tiempo después, Shun se ve fácilmente vencido por otro enviado del Santuario, el caballero del fuego, pero poco antes de morir aparece su hermano mayor, revivido por el calor de las llamas y tan poderoso como siempre, capaz de derrotar al enemigo en un instante. Pero aunque Ikki ha vuelto ya sin odio en el corazón, sigue siendo temperamental, hermético y realista. Pronto tiene problemas con Seiya y se aleja del grupo, aunque continúa siendo fuel a Atena.
Para ese entonces, el Patriarca ha decidido que sus caballeros de bronce no son rivales para los otros caballeros de bronce y optado por enviarles caballeros de plata para que los exterminen, y ciertamente son muy fuertes, ponen en serios apuros a todos, menos a Ikki. Él se enfrenta a dos a la vez, Dante y Capella, a quienes derrota con una increíble facilidad no sin antes ridiculizarlos.
La realidad es que Ikki desde el inicio de la serie si bien no es igual de poderoso que un caballero de oro, sí es muy superior tanto a sus iguales de bronce como a los arrogantes de plata. En una ocasión se ve sometido por dos caballeros de plata, Shiva de Pavo y Agora de Loto, pero eso se debió a que desde lejos Shaka de Virgo los estaba ayudando. En cuanto Atena interrumpe la meditación del caballero dorado, Ikki vence a sus rivales sin demasiados problemas y parte para enfrentar al mismísimo Shaka, quien acaba de tratar a Shun, Shiryū y Seiya como a niños indefensos y sugiere que si han llegado hasta la casa de Virgo es porque los demás caballeros dorados traicionaron al Patriarca.
Ikki logra poner en serios aprietos al poderoso Shaka y aunque no lo mata sí lo quita del camino de sus compañeros. Horas después, por obra y gracia de Mu de Aries, regresa justo cuando Seiya se encuentra casi derrotado por el malvado Saga de Géminis, el caballero dorado que se ocultaba detrás del rostro del Patriarca. Ikki no logra vencer a Saga, quien es quizás junto con Shaka el más poderoso, pero sí puede distraerlo para que el héroe Seiya salve a Atena.
Después vuelve a aparecer en la batalla de Asgard, y una vez más cuando su hermano está a punto de ser asesinado, esta vez por Mime de Benetnasch. Ikki lo derrota pero le cuesta una de sus frecuentes muertes. Y vuelve a revivir y de nuevo para salvar a su hermano de las garras de Bud de Alcor, a quien vence tras muchas dificultades. Al final de la batalla pelea valientemente y puño a puño aunque sin éxito contra el poderosísimo Siegfried.
En el mundo marino llega a humillar con su enorme poder a Kasa de Lymnades, y a salvar, otra vez, a su hermano que está a punto de morir. Después inicia una larga y dura pelea contra el Dragón Marino, quien no es otro que Kanon, el malvado hermano gemelo del también malvado Saga de Géminis. No lo derrota, pero por momentos lo pone en serios aprietos.
En la saga de Hades, Ikki sigue siendo el mismo antihéroe, solitario y sarcástico ante la difícil situación. Aparece, como es su costumbre, a media batalla pero esta vez no para salvar a su hermano sino a su anterior enemigo, Kanon de Géminis, el hombre que arrepentido de sus pecados ha vuelto a ser un caballero dorado y totalmente leal a Atena. Ikki demuestra su terrible poder que intimida al propio Hades al vencer sin muchos preámbulos a  Aiakos de Garuda, uno de los tres terribles jueces que protegen al dios del inframundo.
Al final de la saga obtiene, al igual que sus compañeros, una armadura celestial, no sin antes usar prestada por unos minutos la del poderoso Aioria de Leo. Aunque su gran poder sigue siendo incuestionable, las circunstancias, como siempre, minimizan su protagonismo a favor de Seiya, el héroe, quien siempre termina salvando la situación. Pero a mí Ikki, el antihéroe, siempre me pareció mucho mejor personaje que Seiya, será acaso por mi afición por los antihéroes o porque su historia, a fin de cuentas, es más interesante.