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sábado, 20 de febrero de 2016

Gaspard Caderousse, El Conde de Montecristo

La obra maestra El Conde de Montecristo es una novela  que nos presenta a villanos con distintos matices, algunos actúan por odio y envidia, otros por avaricia, algunos más por venganza y los hay quienes atacan hasta por diversión. Gaspard Caderousse es quizás el más bajo de los villanos puesto que su cobardía opaca por momentos su maldad.
Se trata de un joven sastre marsellés y amigo, en apariencia, de Edmond Dantés. Caderousse es una rata envidiosa que se enfurece aun cuando un pobre infeliz tiene con qué comer. Al volver Dantés de un viaje con una modesta riqueza, el sastre se llena de envidia, incluso se aprecia capaz de todo por destruir la felicidad de Dantés.
Poco después, cuando Mondego y Danglars traman la perdición del joven marinero, Caderousse, junto a ellos y en estado de ebriedad, se muestra acobardado, incluso dice sentir simpatías por Dantés. Ese momento de debilidad se lo relata a un misterioso abate años después y es lo que lo salva de la perdición. Porque el abate no es otro que Dantés, fugado de prisión y con poder suficiente para destruir a cualquier enemigo.
En lugar de castigarlo, Dantés provee a Caderousse de una modesta fortuna con la cual podrá vivir bien el resto de su vida. Pero el antiguo sastre no la quiere compartir con su esposa, se deshace de ella y termina en prisión, por azares del destino junto al hijo ilegitimo Villefort, Benedetto.
Cuando Dantés se hace presente en París para dar la última estocada de su larga venganza, también aparee Caderousse con las peores intenciones, ya más viejo y más malo, quizás alejado de su antaño tenue sentimentalismo. Dantés lo descubre y tal vez creyendo que ya es imposible redimirlo, permite que sea asesinado por su cómplice, Benedetto. Mas poco antes de su muerte le revela quién es en realidad ese oriental cubierto de oro a quien todos llaman Montecristo, pretendiendo probarle con ello que Dios castiga a los malos y gratifica a los buenos.

lunes, 27 de julio de 2015

Sherlock Holmes tras la joya de Dantès

En este blog ya he escrito años ha biografías tanto de Edmond Dantès como de Sherlock Holmes, dos titanes de la literatura que se defienden solos. Acabo de leer justamente una novela interesante y bien construida en la que Holmes, el famoso detective inglés, ya envejecido y acompañado de su fiel Watson, es requerido en la deslumbrante mansión de un millonario norteamericano para que resuelva el extraño robo de una joya única.
Holmes llega a los Estados Unidos de vacaciones, con la intención de pasar unas semanas en el campo y reponer su salud. Pero pronto es requerido por Henry Patton, un nuevo rico norteamericano adicto a comprar obras de arte y antigüedades a precios exorbitantes. Patton llama a Holmes porque, mientras pasa unos días de descanso en su mansión con varios invitados, uno de ellos le ha robado una joya que perteneció al famoso conde de Montecristo. Holmes acude no por consideración al acaudalado yanqui sino por respeto al célebre conde. Considera que no recuperar esa joya es una falta de respeto al famoso Dantès, a quien respeta y admira.
Pronto, gracias a su retorcido colmillo, se da cuenta que hay un embrollo mucho mayor que el simple robo de la joya, y le dice a su fiel Watson: “Sospecho que éste será uno de esos casos en los que el cliente no queda satisfecho”. Y lo que parecía ser sólo un robo de una piedra muy valiosa, termina con varios asesinatos y volviéndose un caso que Watson cree sumamente complicado. Pero Holmes, físicamente no tan en forma como antes, tiene, al parecer, todo bajo control.
El detective conserva su prodigiosa inteligencia intacta, recoge las piezas del rompecabezas con gran facilidad y pronto las va encajando para llegar al fondo de un plan perfectamente bien elaborado no para robar sino para… matar.
Cómo dato curioso, cabe señalar que la codiciada joya sí es mencionada en El Conde de Montecristo. Dantès la muestra a los amigos de Alberto de Morcef, el día de su llegada a París, y los deja boquiabiertos al contemplarla.

jueves, 28 de agosto de 2014

Alberto de Morcef, de El conde de Montecristo

Alberto de Morcef es un personaje secundario de El conde de Montecristo, mas no por ello se puede negar que Dumas y sus colaboradores hicieron con él un espléndido trabajo. Se trata del hijo de Mercedes Herrera, la novia de la juventud de Montecristo, y Fernando Mondego, su peor enemigo.
Pero pese a ser hijo de un villano, Alberto es un joven valiente y honorable, lleno de virtudes, un personaje que en la cultura actual tendría que ser hijo de Edmundo Dantés y no de Mondego. De hecho, Hollywood hizo esa corrección en la última bazofia cinematográfica basada en la gran novela, que protagonizo James Caviezel.
Alberto se supone que nace cuando Edmundo Dantés lleva más o menos una década en prisión por culpa de su padre. Mas se desconoce si para entonces Mondego ya es el conde de Morcef y un general refutado. En todo caso, durante la historia, todo indica que Alberto, un joven veinteañero, desconoce el origen humilde de su padre, porque diversos pasajes lo demuestran.
En algún momento de la novela, los amigos de Alberto sugieren que la hija del barón Danglars es indigna de casarse con él porque su padre es un noble de reciente creación, lo que hace suponer que ellos creen, incluido Alberto, que los Morcef son una familia de muy rancio abolengo.
Alberto tiene el mejor concepto de su padre: es un gran admirador de su fama como general en Grecia y lo cree indigno de hacer cualquier acto deshonesto. Es elegido, mientras vacaciona en Roma, por Edmundo Dantés, ya convertido en el Conde de Montecristo, para iniciar su muy bien planeada venganza.
Dantés hace que Alberto sea secuestrado por su bandido de cabecera, Luigi Vampa (el hecho no se comenta, pero queda claro), y al mismo tiempo se convierte en su salvador, lo que hace que los Morcef tengan en adelante una cara deuda con él.
Desde ese momento, Alberto se convierte en un gran amigo de Montecristo, a la par de su gran admirador y promotor en París. Durante la estancia del conde en la capital francesa, el joven vizconde de Morcef procura estar a su lado cuanto puede, porque  considera que la estimación es mutua y también se halla seducido por su fortuna y su orientalismo exótico.
Pero cuando el oscuro pasado del conde de Morcef empieza a salir a la luz, Alberto, intrigado por Danglars, no duda en retar a duelo a Montecristo, creyéndolo, como es cierto, el artífice de la caída en desprestigio de su padre.
El conde no ve con malos ojos la oportunidad de matar a Alberto en el duelo para vengarse de su enemigo más odiado. Sabe que va a ganar, es un gran esgrimista y con la pistola tiene una inigualable puntería. Pero una visita nocturna de Mercedes, su antiguo amor, quien va a rogar por la vida de su hijo, hace que Montecristo decida dejarse matar por Alberto.
No obstante, esa misma noche, Mercedes le cuenta toda la verdad a su hijo, respecto al cautiverio de Edmundo y la innegable culpa de su padre. Al llegar al lugar señalado para el duelo, Alberto se disculpa con el conde y cancela el enfrentamiento.
Después su relevancia en el libro desaparece poco a poco. Sigue apareciendo, pero sin que su presencia conlleve a sucesos importantes. Lo último que hace es partir a África como soldado francés a luchar por el colonialismo de su país, pero ya no llevando el apellido de su padre, sino el de su abuelo materno español: Herrera.

viernes, 1 de agosto de 2014

Gérard de Villefort, de El conde de Montecristo

Gérard de Villefort es uno de los villanos de la magistral novela de Dumas. En él se ejemplifica al joven que quiere escalar en el servicio público y se da cuenta de que para lograr sus propósitos tiene que hacer cuantos actos inmorales sean necesarios. Aparece en la novela como un joven de veintiocho años y sustituto del procurador del rey en  Marsella.
Durante la celebración de su compromiso con una hermosa, rica y aristocrática jovencita, es requerido porque han arrestado a un joven de nombre Edmundo Dantés, sospechoso de ser agente de Napoleón por el hecho de haber llevado una carta desde Elba, prisión del emperador, a  Marsella.
En cuanto cruzan unas cuantas palabras, Villefort se da cuenta de que Dantés es un joven sin la menor malicia y que, por tanto, fue utilizado sacando provecho de su inocencia. Se propone dejarlo ir, pero cuando descubre que la carta está dirigida a un hombre llamado  Noirtier, todo cambia.  Noirtier es el padre de Villefort y si se descubre que es un bonapartista el padre la carrera del hijo habrá finalizado.
Para que Dantés no pueda volver a mencionar ese nombre en público, Villefort lo encierra en la prisión del Castillo de If, donde pasará trece largos, dolorosos y muy benéficos cultural y económicamente años.
Veintitrés años después de aquel encuentro en Marsella, llega a París (donde Villefort es ya un maduro guardián de la ley, refutado caballero discreto y circunspecto entre la sociedad, y padre de dos hijos (-el menor de su segundo matrimonio-) el misterioso conde de Montecristo, un personaje enormemente rico, sabio como pocos en la historia y poliglota, que al parecer viene de oriente, donde se ha impregnado de un exotismo que seduce a todos, Villefort incluido.
Montecristo es en realidad Edmundo Dantés, lleva consigo bien guardada la lista de sus enemigos, en la que desde luego figura Villefort, y empieza a desarrollar una lenta y muy dolorosa venganza. El misterioso conde, que casi todo lo sabe, ignora que Villefort en realidad ha pagado ya el daño que le hizo. No ha logrado olvidar a aquel joven marsellés al que le desgració la vida por culpa de sus ambiciones y sus miedos, y eso lo ha convertido en un hombre oscuro, muy lejano a la felicidad.
No obstante, todavía le falta mucho por sufrir. Cuando llega Montecristo, que se convierte en su amigo, empiezan sus desgracias. La muerte entra a vivir a su casa de tiempo completo. Muere su sirviente, su suegra, su hija (al menos él lo cree así), su esposa y su hijo pequeño. Su reputación es destruida por completo y él, abrumado por tanto dolor, se vuelve loco. Incluso, el propio Montecristo, al ver los alcances de su venganza, se conmueve un poco y cuestiona el título que se ha atribuido a sí mismo, como emisario de Dios y artífice de su castigo.

miércoles, 26 de marzo de 2014

¿Por qué tardó tanto Edmundo Dantés para vengarse?

El la obra maestra sin lugar a dudas que es El Conde de Montecristo, el joven Edmundo Dantés logra escaparse de la prisión del Castillo de If a la edad 33 años, la edad de Cristo, sustituyendo el cuerpo sin vida de su gran amigo, maestro y futuro mecenas de su venganza, el abate Faria.
Al poco tiempo de escapar, tras enrolarse con unos contrabandistas, Dantés logra hallar el cuantioso tesoro que le heredó el abate, pero extrañamente no inicia su venganza. Lo único que hace, relacionado con su pasado, es ayudar a su gran amigo y antiguo patrón, el señor Morrel, pero de sus enemigos no se ocupa mas que en averiguar lo que ha sido de ellos mientras él estaba encerrado, interrogando al ave de rapiña y antiguo sastre Caderousse, pero allí interrumpe sus acciones.
Dantés se desaparece por diez largos años, ¿qué hizo entonces? Por la personalidad misteriosa que después envuelve al conde de Montecristo, parece ser que vivió en oriente, donde aprendió árabe -idioma que no le había enseñado Faria- y el modo de vida oriental que años después tanto va a ayudarle para deslumbrar a todo Paría.
Si algo resulta extraño, es que Edmundo, joven aún, de 33 años, y dueño de una cuantiosa fortuna, no se sintiera tentado a ir por sus enemigos después de ayudar a su amigo Morrel. Gracias a Faria ya sabía quiénes, cómo y por qué le habían clavado una puñalada por la espalda, era sólo cuestión de que se lo propusiera.
Si espero diez años más para vengarse, en total 23, tomando en cuenta los 13 que estuvo en prisión, se debió sin duda a conveniencias de Dumas. Era necesario engrandecer más al personaje, darle más lustre al conde de Montecristo para que, sencillamente, agradara más al lector. Dumas fue conocido por ser adicto a gastar mucho y más de lo que tenía, así que es de suponerse que planeara sus novelas no sólo para que gustaran, si no para que vendieran mucho y le costearan su tren de vida.
Dantés ya era un joven culto y políglota gracias a Faria, pero Dumas decidió que no era suficiente con eso. Por ello lo envió a oriente, donde su fortuna y su cultura se engrosaron con un modo de vida tan llamativo como exótico. El resultado, o el proyecto de Dumas, fue extraordinario.
Aunque en la novela no se dice, esos diez años en los que el joven vengador se perdió presumiblemente se justifican con su afán de elaborar una venganza extraordinaria, para saborearla lentamente. Por más que resulte extraño que a un hombre al que le destrozaron la vida por los cuatro costados tuviera la paciencia para esperar diez años por su anhelada venganza, cuando ya había esperado trece.

martes, 11 de marzo de 2014

Barón Danglars, de El conde Montecristo

Danglars es un personaje de gran relevancia en la más extraordinaria novela de Alexandre Dumas, es la representación del villano sin escrúpulos ni refinamiento, cuyo único fin es enriquecerse y cobrar con ello gran influencia.
De joven fue marinero en el barco el Faraón, junto al más joven y más ingenuo pero más inteligente Edmundo Dantés, a quien desprecia y envidia, pero al mismo tiempo se finge su amigo. Al ser Dantés nombrado capitán del barco, puesto que Danglars ambicionaba, su odio hacia el joven aumenta. Ambos estuvieron en el último viaje del Faraón en la isla de Elba, prisión de Napoleón Bonaparte después de su primera abdicación. Dantés lleva a Marsella, en lugar de su capitán muerto, una carta de un bonapartista, justo en la época en que tal hecho constituía una traición al rey Luis XVIII. Danglars, que conoce el secreto, se confabula con Fernando Mondejo, primo y enamorado de la novia de Dantés, Mercedes, para acusarlo de bonapartista y traidor.
Ambos escriben una carta con la acusación y la envían al procurador del rey, suceso que provoca el arresto de Dantés el día de su boda y su posterior encarcelamiento durante trece años. Mientras Dantés se muere de desesperación en su celda y se nutre de la gran cultura del abate de Faria, Danglars progresa con extraordinaria rapidez. Se muda a París, se vuelve banquero y experto en incrementar su capital, e incluso por un servicio al rey es hecho noble con el titulo de barón.
Cuando ya Danglars es uno de los hombres más poderosos de París, con una gran fortuna aunque también con personalidad de nuevo rico, nada cultivado ni refinado, con un pésimo gusto, que compra obras de arte falsas que considera autenticas (este hecho se acentúa incluso en la película de 1975, protagonizada por Richard Chamberlain, cuando Montecristo, con apenas una mirada, le revela que su busto de Imhotep es una falsificación muy buena) llega a la ciudad un personaje misterioso, tan rico que impresiona al banquero, quien se precia de conocer las mayores fortunas del mundo, pero ignora por completo la del recién llegado.
Danglars no desconfía en absoluto de ese multimillonario que trae consigo cartas de crédito ilimitado para retirar de su banco cuánto desee. Sabe que quizás puede obtener beneficios de un hombre tan rico y eso para él es lo importante. Además, ese tal Montecristo, que al parecer procede de oriente, es un personaje exótico que todo lo compra y que impresiona a la alta sociedad parisina con su gran poder y sus modales y gustos refinados, razón por la cual se convierte en el hombre de moda en París, y a la vez vuelve una moda para la aristocracia tener buena relación con él.
No hay motivo para desconfiar de ese oriental, es un hombre al que sencillamente le sobra el dinero, por lo que no tiene reparo alguno en gastarlo a manos llenas, y Danglars está dispuesto y presto para poner la charola y atrapar algo del derrame. No recuerda ya para entonces a su antiguo “amigo”, aquél joven inteligente pero inculto, a quien mandó a pudrirse a una prisión. Y como su menta sólo está concentrada en ganar dinero, a Danglars le es imposible siquiera fantasear con que Dantés esté vivo, dispuesto a vengarse y que sea un hombre poderoso.
Pero de pronto empiezan a ocurrirle cosas catastróficas e inexplicables: su fortuna se esfuma de la noche a la mañana, junto con su reputación, y el acaudalado príncipe italiano, con quien pensaba casar a su hija para recuperar crédito, resulta ser un delincuente. Pero todo lo atribuye a una mala pasad del destino, y hasta muy tarde descubre que ha sido víctima de una extraordinaria venganza, planeada y anhelada durante casi veinticinco años.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Abate Faria, de El conde de Montecristo

El abate Faria es un personaje de gran relevancia en la obra maestra de Alejandro Dumas y compañía, pese a que sólo aparece en un porcentaje recudido de las páginas que componen el monumental libro. Está inspirado en José Custódio de Faria, un intelectual indo portugués que cobró gran fama en Francia en la misma época en la que se supone que el ficticio Faria vivió.
Pero el Faria de El conde de Montecristo no es portugués, sino italiano. Se trata de un estudioso de los hombres, las ciencias y las lenguas que anhela la reunificación de Italia, la desaparición de los pequeños principados y la creación de un Estado fuerte, suceso que culminaría en la segunda mitad del siglo XIX.
Faria es secretario del cardenal Espada, un hombre de aristocrática familia, pero no rico. Espada es el último de los suyos, y guarda entre los documentos de su dinastía el enigma de la desaparecida herencia de su antepasado, otro cardenal Espada que fue asesinado por César Borgia para apoderarse de su fortuna, la misma que desapareció.
A la muerte del cardenal, hereda su biblioteca y los documentos de su familia a su secretario, el abate Faria. Tiempo después, el intelectual logra reconstruir, accidentalmente, el mensaje escrito en un viejo papel, escrito tres siglos atrás por el cardenal Espada envenenado por César Borgia, donde revela la ubicación en la isla de Montecristo de su tesoro. Pero al intelectual abate le es imposible ir por esa fortuna, ya que la policía napoleónica, que le sigue por sus ideas sobre la reunificación de Italia, lo encarcela.
En la prisión del castillo de If, Faria cava un túnel para escaparse, mas como no cuenta con un compás, su cálculo es erróneo y en lugar de salir llega a la celda de otro preso: Edmundo Dantés. Debido a sus condiciones similares de soledad y sufrimiento, Dantés y Faria se hacen pronto amigos. Pero hay una desproporción entre ambos, el abate es una enciclopedia viviente y Dantés, aunque inteligente y de buena memoria, es un joven poco instruido.
Lo que hacen para subsanar esa diferencia, es que Dantés se convierte en alumno de Faria, en un período de un año le enseña inglés, alemán, griego, historia, matemáticas y otras tantas disciplinas, además de que habiendo sido Faria el secretario en un cardenal aristócrata, posee excelentes modales, los mismo que también transfiere a Dantés.
Aparte de instruirlo, Faria le revela al infortunado joven el secreto de su encarcelamiento. En este punto, podría pensarse que el abate influenció a Arthur Conan Doyle para crear a Sherlock Holmes, ya que Faria, con sólo oír la historia de Dantés, descubre quiénes y porque lo mandaron a prisión, misma habilidad que posee Holmes, quien con sólo escuchar a sus clientes, les revela las verdades que buscan.
Faria y Dantés deciden escabullirse de la prisión por medio de un túnel, pero al viejo abate le da un ataque que de milagro lo deja vivo, y comprende que su muerte está cercana. Entonces decide hacerle un regalo a su joven compañero de un infortunio, le revela dónde está el tesoro del cardenal Espada.
Con la biblioteca que le mete en la cabeza y la fortuna que pone en sus manos, Faria crea del joven e ignorante Dantés al misterioso e impenetrable conde de Montecristo, el personaje que una década después conquista Paría con su fortuna y sus inmensos conociéndoos, concentrado en llevar a cabo una magistral venganza que ha seducido al mundo por más de 160 años.
Como dato extraordinario, es destacable que Faria estando en prisión, valiéndose de huesos de pescado, hollín de una vieja chimenea y unas camisas blancas, se provee de plumas, papel y tinta, y así escribe un tratado para la reunificación de Italia. El documento sorprende mucho al joven Dantés, y años después es rescatado de la desaparición por el misterioso conde de Montecristo.

sábado, 19 de octubre de 2013

Alí, el esclavo negro de Edmundo Dantés

El extravagante hombre que seduce París con sus millones y su encanto oriental, que se hace llamar conde de Montecristo, lleva siempre consigo a un negro mudo que le obedece ciegamente. Su nombre es Alí, y desde cierto punto de vista es un personaje que ocupa un papel mínimo en la novela, por lo que a muchos quizás no les interesa una biografía suya, sin embargo, a mí me ha parecido sumamente interesante, y más por lo difícil que es hablar de él debido a los pocos datos que Alejandro Dumas y compañía filtraron en la novela.
Todo lo que se sabe de Alí es porque lo cuenta su amo, el conde de Montecristo, razón por la cual está permitido dudar sobre su origen y la forma en cómo llegó a pertenecerle. El conde usa como columna vertebral para su venganza la mentira, engaña a todo el mundo, sobre todo a los aristócratas parisienses relacionados o no con sus enemigos.
Según Montecristo, en una historia relatada a Franz d'Épinay -amigo de Albert de Morcef, y a quien tenía que engañar para empezar a trazar su leyenda como un misterioso oriental-, Alí vivía en Túnez antes de ser suyo. Pero un mal día pasó demasiado cerca del serrallo del soberano tunecino -lugar donde estaban las concubinas de éste- y por tal razón decidió ejecutarlo, cortándole el primer día la lengua, el segundo una mano y el tercero la cabeza.
El conde, que siempre había deseado un esclavo mudo, esperó a que le cortaran la lengua y después sobornó al soberano para que se lo entregara. El ofendido rey accedió a cambio de que Alí no volviera jamás a sus dominios, de lo contrario le costaría la vida. Debido a esta amenaza, según el conde, cada que navega cerca de la costa africana su esclavo se esconde por miedo.
Pero lo cierto es que el negro siervo es muy valiente y siempre se muestra dispuesto a dar la vida por su amo. En París forma parte del enigmático orientalismo con que Montecristo tanto atrae a la sociedad. Sólo sabe árabe, así que únicamente puede entender lo que le dice su señor, un consumado políglota. El conde llegó a decirle alguna vez que si le fallaba en algo lo mataría, a lo que el esclavo respondió resignadamente besándole la mano.
Es muy eficiente, fuerte y hábil con la cimitarra y, aunque no se dice nunca, quizás aún muy joven, por ello es el escolta de confianza del conde. También hace para él cualquier clase de trabajo, como salvar la vida de la esposa e hijo de Villefort -uno de los tres enemigos del conde- en un accidente planeado para que el magistrado tuviera una deuda impagable con Montecristo.
Casi todo sobre Alí es conveniente dudarlo debido al misterio que envuelve a su señor. Aunque lo adquirió en Túnez, después llega a decir que es nubio, no revelándose nunca cómo llegó Alí de un lugar a otro, no quedando más posibilidad que en calidad de esclavo y por medio de una venta.
También la historia de cómo fue a parar a manos del conde parece ser falsa, o por lo menos parte de ella. El enigmático conde de Montecristo es tras el oro que lo cubre Edmundo Dantés, un hombre bueno y generoso con aquéllos que ningún daño le han causado. Por tal razón, la leyenda en la que afirma que dejó que le cortaran la lengua para sólo después intervenir y salvarlo podría ser una invención suya para presentarse ante un aristócrata francés como un oriental al que hay que tenerle miedo a la vez que se le admira.
Lo único cierto, dentro de la novela, parece ser que es la extraña fuerza que une al conde y al esclavo negro. Montecristo aprecia su eficiencia y su lealtad y Alí lo adora porque el conde es sencillamente todo su mundo.

lunes, 14 de octubre de 2013

Hollywood, el cirujano de los clásicos

Los grandes clásicos de la literatura universal suelen ser historias que no -ya no- se adaptan a las necesidades de Hollywood para que sus producciones vendan. De tal manera que lo recomendable sería que sencillamente ya no se usara a los clásicos para hacer cine, no obstante, títulos como Romeo y Julieta, Drácula, El conde de Montecristo, Los miserables, entre otros tantos, venden, por eso Hollywood se los apropia, los deforma todo cuanto hace falta y los exhibe ante su público actual, que tiene sus muy particulares gustos fundados en la belleza física y en el triunfo del héroe sobre los villanos previas candentes escenas de sexo con la heroína.
De ahí que veamos en el cine a dráculas guapos, más cercanos físicamente a un actor porno que al Drácula que nos dio Stoker, el cual era bastante feo físicamente y en nada se asemejaba a un modelo. Pero esa deformación sólo es una pequeñez en Hollywood. Quién se hubiera imaginado a Edmundo Dantés y a Mercedes Herrera en la cama, si en el libro su amor es tan casto e improfanable que después de que Dantés escapa de prisión apenas y son capaces de tocarse la mano. Hollywood ha deformado tanto esa historia de amor, pretendiendo adaptarla a los gustos de ahora, que Alberto, el hijo de Mercedes y Fernando, ya fue en realidad de Edmundo en la última versión protagonizada por James Caviezel. Aquí incluso la casta y casi santa Mercedes del libro oculta su embarazo de Edmundo para casarse con Fernando y así evitar la deshonra.
Está muy claro que en Hollywood tampoco quieren lo que los clásicos apenas sugieren. Incluso las “inmoralidades” de Oscar Wilde no son suficientes para el público de hoy. Ahora Basil Howard tiene que inclinarse ante Dorian Gray y abrirle la bragueta mientras éste intenta poner los ojos en blanco para que la cosa quede clara. La última versión cinematográfica de El retrato de Dorian Gray trató de atraer al público con intensas escenas de sexo, dejando a un lado de manera tajante el genial argumento que concibió Wilde y que en tantos problemas lo metió, como si para atraer al público valiéndose de escenas en la cama hiciera falta tomar el titulo de un clásico.
Hollywood es una fábrica de historias lineales y con final feliz -como quiera que esto último se entienda- y no todos los clásicos, porque son lo que son, se adaptan a esos designios. Por ello Hollywood de los clásicos sólo quiere los títulos, no las historias en su mayor parte. Tal vez lleguemos a ver un burdel en la isla de Robinson Crusoe, donde éste pueda ir a liberar sus deseos reprimidos en tremendos revolcones, o a un Quasimodo que gracias a una milagrosa cirugía se vuelve guapo y termina en la cama con su amada Esmeralda.

domingo, 29 de julio de 2012

Fernando Mondego, de El conde de Montecristo


Dentro de El conde de Montecristo son tres los personajes que desencadenan la desgracia de Edmundo Dantés y que, por consecuencia, provocan la extraordinaria historia que se descubre en las páginas de la novela. Sin embargo, estos tres no son cómplices, sólo dos, el tercero, Gérard de Villefort, trabaja por su cuenta y sin conocer el complot de los otros.
Los primeros en decidir la desgracia de Dantés son Danglars, en un principio marinero de condición modesta y después un barón y banquero muy rico, y Fernando Mondego, al que toca biografiar hoy. Fernando es un humilde pescador, pero de carácter muy violento. Es de ascendencia española, y otros personajes llegan atribuir su devastador temperamento precisamente a su origen español. Sea pues.
Fernando siente una pasión enfermiza por su prima, Mercedes, una joven que lo quiere, pero como lo que son, primos, y no le da nunca esperanzas de corresponderle. Por ello Fernando odia profundamente a Edmundo Dantés, el prometido de Mercedes, y junto con Danglars decide escribir una en la que acusan a Dantés de ser nada menos que un peligroso bonapartista que planea la reinstalación en el trono de Francia de Napoleón.
Dantés es apresado el día de su boda con Mercedes y enviado a la prisión del Castillo de If. Fernando se hace militar y su economía mejora. Se casa con Mercedes, quien cree que Edmundo ha muerto y ya no espera felicidad en la vida. Fernando, tiempo después, entra el servicio del virrey griego Alí Pashá, un subordinado del imperio turco. Fernando lo traiciona y logra acumular una gran fortuna al grado de poder entrar a los salones de París como el prestigiado conde de Morcef. Tiene un hijo con Mercedes, Alberto, y vive cómoda y pacíficamente hasta que llega a París el todopoderoso conde de Montecristo.
Se ve obligado a estrecharle la mano al extraño extranjero porque le ha salvado la vida a su hijo de manos de un peligroso bandido en Roma, Luigi Vampa. Sin embargo, por un sentimiento que Fernando no puede explicarse, siente un profundo odio hacia Montecristo desde el primer momento en que lo ve.
Poco después su vida empieza a cambiar para mal. Se descubre su traición a Alí Pashá y su reputación se arruina. Cuando su hijo se entera de que Montecristo algo tuvo que ver, lo reta a duelo y Fernando espera que Alberto le salve el honor, pero una revelación de Mercedes, quien le dice a su hijo toda la verdad, hace que Alberto suspenda el duelo y le pida disculpas al conde.
Sintiéndose traicionado por su propio hijo, Fernando va en busca de Montecristo y ambos deciden batirse en un duelo precipitadamente y sin padrinos. Pero antes Montecristo le revela quién es en realidad, le dice que es Edmundo Dantés. Fernando, trastornado por la impresión, ya no presta atención al pactado duelo, huye a su casa y toma una fatal decisión.



Fernando Mondego es uno de los personajes de El conde de Montecristo que más se hacen odiar. Su enfermizo odio hacia Edmundo Dantés por el simple hecho de que ha conquistado noblemente a la mujer que él ama lo hace actuar de forma irracional, cruel y cobarde.
Algunos lectores de la novela me han dicho que esperaban que sí se realizara el duelo y que Dantés lo matara. Lamentablemente Alejandro Dumas tuvo otros planes. Pero los cineastas, en este caso, sí han obedecido el deseo de los lectores. En el último bodrio basado en la novela, protagonizado por el mundialmente famoso James Caviezel, el duelo se realiza. Lamentablemente eso no salva ni siquiera un poco a tan pésima película.

jueves, 26 de julio de 2012

Mercedes Herrera, de El conde de Montecristo


Dentro de El conde de Montecristo, la obra maestra de Alejandro Dumas, el personaje que más tristeza transmite no es Edmundo Dantés, muy a pesar de sus trece años en prisión, sino Mercedes, su prometida de la juventud, la mujer a la que amó toda su vida. 
Mercedes es de ascendencia española y vive en su juventud en una comunidad de Marsella conocida como Los Catalanes. Está comprometida con Edmundo Dantés, un joven y valiente marinero de muy noble corazón. Aprecia a su primo Fernando Mondego, y por ello soporta sus constantes declaraciones de amor.
El día de su boda con Edmundo, éste es arrestado por los hombres del procurador de rey, acusado de ser bonapartista en tiempos en que Napoleón no gobernaba. Ignora que ese arresto fue deliberadamente provocado por su primo, para tener el camino libre con ella.
Al poco tiempo se entera de que Edmundo murió y sumida en la depresión acepta casarse con Fernando, un hombre al que cree bueno. Tiene un hijo con él, Alberto, y cuando su fortuna cambia se mudan a París. Fernando se ha convertido en un prestigiado militar y sirviendo a Alí Pashá, un virrey griego a las órdenes del sultán de Turquía, consigue hacerse rico y en Francia obtiene el titulo de conde de Morcef.
Cuando Alberto ya es un joven de veinte años, es secuestrado en Roma y salvado por un misterioso personaje, el conde de Montecristo. Alberto lo invita a París y les cuenta a sus padres lo que hizo por él. Cuando Montecristo llega a Paría, a pesar de que hace veintitrés años que no lo ve, Mercedes se da cuenta inmediatamente que es Edmundo Dantés. Nadie más lo ha reconocido nunca, ni siquiera diez años atrás, cuando escapó de prisión, pero para Mercedes no hay duda, ese acaudalado conde no es otro que Edmundo, su novio al que creía muerto.
Mercedes también nota hostilidad en el comportamiento de Montecristo y sabe que piensa vengarse. Ignora que fue su esposo quien lo envió a prisión, pero tiene la seguridad de que Edmundo algo trama, y teme por la vida de su hijo. 
Cuando Fernando es desenmascarado y queda ante toda la sociedad parisina como un traidor, Alberto, gracias a Danglars, se entera de que Montecristo algo tuvo que ver con la desgracia de su padre y lo reta a  un duelo. Quienes conocen al conde saben que Alberto está perdido. Montecristo es invencible con la espada y su puntería con la pistola es inigualable.
Mercedes acude la noche previa al duelo a casa del conde y le revela que sabe quién es. También le pide por la vida de su hijo. Cuando se queda solo, Montecristo se reprocha el no haber podido dejar de amarla. Mercedes entonces cuenta toda la historia a su hijo, y Alberto en un acto de nobleza y de sensatez suspende el duelo.
Cuando queda viuda, Mercedes le dice a su hijo que no tiene que llevar el apellido deshonrado de su padre. Entonces le propone usar el suyo y nos enteramos de que se apellida Herrera.
Vuelve a ver a Montecristo e incluso él la ayuda económicamente. Pero de su amor, a pesar de que aún se aman, ninguno habla. Quedan como dos buenos amigos. Aunque en la última película basada en la novela, adaptada al público contemporáneo, no sólo reanudan su relación sino que se revela que Alberto no es hijo de Fernando pero sí de Montecristo. Qué manía tienen en el cine de descomponer a los clásicos.




El personaje de Mercedes, como ya mencioné, transmite una enorme tristeza. Perdió a su prometido siendo muy joven y resignada se casó con su primo, al que no amaba. Su resignación llegó a tanto que incluso tuvo un hijo con él, mientras sufría por su amado Edmundo, por el que creía había sido su trágico destino.
Cualquiera pensaría que hubiera sido lógico que veintitrés años después, cuando ella ya es viuda y él sigue siendo soltero, pudieran volver a estar juntos. Pero en una época tan conservadora eso no era un buen final para una novela, y Alejandro Dumas lo sabía. Prefirió brindarnos a dos personajes llenos de nostalgia por su amor perdido, por aquello que tristemente no pudo ser. Y fue, a pesar de todo, un excelente final, propio para una obra maestra.

miércoles, 25 de julio de 2012

Luigi Vampa, de El conde de Montecristo


Para muchos Luigi Vampa dentro de El conde de Montecristo no amerita ser considerado como uno de los personajes principales debido a que aparece poco a lo largo de la muy extensa novela. Para mí esa ausencia la compensa al ser un personaje muy interesante, que deja más que un buen sabor de boca con lo poco que conocemos de él.
Vampa es italiano, de muy pobre origen, pero eso no lo amedrentó nunca. En su niñez, al no tener acceso a una escuela, le pidió a un cura que le enseñara a leer. Mostró una inteligencia muy precoz, al igual que una gran ambición.
Desde niño se hizo pastor, y se enamoró perdidamente de Teresa, una niña que también lo era. Ella, tan ambiciosa como él, le correspondió. Juntos soñaron con la grandeza mientras sus rebaños les enseñaban su realidad. Un día que un peligroso bandido, Cucumetto, les pidió auxilio al ser perseguido por las autoridades, Vampa no lo entregó, al contrario, le indicó un escondite seguro.
Cucumetto en lugar de sentirse agradecido con Vampa se enamoró de Teresa y se dedicó a espiarlos para encontrar la oportunidad de raptarla. Para entonces Vampa ya era un joven de diecisiete años y no poco peligroso. Los azares de la vida lo cruzaron en el camino del conde de Montecristo, escondido bajo el nombre de Simbad el Marino. El conde le pidió que le indicara un camino y cuando Vampa accedió Cucumetto aprovechó la distracción para raptar a Teresa. Ignoraba el bandido que Vampa era tan peligroso como celoso y en cuanto se enteró del rapto le dio muerte.
Pero Vampa no se conformó con eso. Fue hasta donde estaba la banda que Cucumeto capitaneaba y se erigió como su líder. Cinco años después es un peligroso bandido que opera en Roma. Entonces en la ciudad se encuentran Alberto de Morcef, hijo de la novia de juventud de Edmundo Dantés, Franz d'Épinay, su amigo, y el misterioso y enormemente rico conde de Montecristo.
Durante el carnaval de Roma, una joven misteriosa coquetea con Alberto. Éste trata de seducirla y es secuestrado. Su amigo Franz recibe una carta en la que le reclaman el rescate, pero en lugar de pagar acude a Montecristo. El conde se entera entonces de que Franz sabe que él tiene una relación con el bandido Luigi Vampa. Lo lleva a las Catacumbas de San Sebastián, donde tienen a Alberto prisionero, y en ese lugar queda claro que Vampa le profesa una ciega lealtad a Montecristo.
Vampa se disculpa atribuyendo a un error de sus hombres el secuestro de Alberto y asegura que de haber sabido que su víctima tenía algún vínculo de amistad con el conde jamás lo habría tocado.
En esta parte de la novela termina el protagonismo de Vampa. Se le menciona más adelante y al final secuestra a Danglars, el marinero que cuando Montecristo era joven lo traicionó y lo envió a prisión por envidia, pero sus apariciones son en realidad pocas.
Al terminar de leer la novela quedan algunas dudas respecto a Vampa, algo que le imprime más interés al personaje. Aunque el lector lo supone, jamás se aclara si Montecristo le ordenó secuestrar a Alberto de Morcef o se debió a un error como él lo dijo. Lo que sí queda claro son los vínculos estrechos entre ambos. Montecristo, según confiesa, llegó a sobornar al Papa para que no fuera ejecutado uno de los hombres de Vampa. Vampa, por su parte, siempre se dirige al conde con un enorme respeto y se muestra dispuesto a obedecerlo en todo. Según Montecristo, esta conducta de plena sumisión se debe a que alguna vez el bandido trató de secuestrarlo y fue él quien lo capturó, pero no lo entregó a las autoridades a cambio de que en adelante él y sus amigos estuvieran a salvo de los crímenes de Vampa.
Esa historia quizás no es cierta, porque Montecristo la cuenta a Alberto y a sus amigos, a quienes engaña constantemente para llevar a cabo sus planes. El verdadero origen de la lealtad que le guarda el más peligroso criminal de Roma al conde de Montecristo es un misterio a lo largo del libro.



Vampa siempre ha sido uno de mis personajes favoritos de esta espectacular novela. Los misterios que lo rodean quizás han fomentado ese gusto. Es un delincuente que no precisamente lucha por la justicia, pero siempre antepone su honor por delante a pesar de ser lo que es.
Otro de sus aspectos interesantes es su amor por la cultura. Tiene un libro entre las manos incluso cuando está por enfrentar acontecimientos importantes. Lee rodeado de sus bandidos de noche y con poca luz, pero no por ser un hombre culto ellos dejan de temerle de forma descomunal. Su libro favorito, como él mismo confiesa después de liberar a Alberto, son Los comentarios de César.
En el adefesio de película del año 2002, protagonizada por James Caviezel, Vampa paga el precio de ser un personaje secundario. Su historia, como en general todo el libro, es completamente distorsionada y el actor que lo interpreta no hace en absoluto recordar al personaje del libro. Ojala algún día podamos ver en el cine al verdadero Vampa. Muchos lo agradeceríamos.

martes, 24 de julio de 2012

Edmundo Dantés, de El conde de Montecristo


Creo que muchos estarán de acuerdo conmigo en cuanto a que los dos mejores personajes que creó el escritor francés Alejandro Dumas son D'Artagnan y Edmundo Dantés. Hoy toca hablar del segundo y ya en otra ocasión pienso ocuparme del primero, porque vale la pena, como también sus tres compañeros de armas, nunca mejor dicho.
Edmundo Dantés tenía veinte años cuando Napoleón escapó de la Isla de Elba, por lo tanto debió nacer poco después del periodo del reino del terror en Francia. Se hace marinero muy joven, soñando con ser algún día capitán, bajo las órdenes del señor Morrel, un buen hombre que lo aprecia.
Dantés es muy inteligente; pese a su condición humilde y su escasa educación, Morrel confía en él para darle el mando de su barco, el Faraón,  cuando apenas tiene veinte años. Ese nombramiento termina siendo el inicio de la desgracia del noble joven, porque sus amigos y enemigos, llenos de envidia, deciden destruirlo.
Danglars es otro marinero que por ser mayor que Dantés cree que el puesto de capitán le corresponde a él. Se une a Fernando Mondego, primo y pretendiente de la novia de Dántes, Mercedes, una guapa marsellesa de ascendencia catalana. Danglars y Fernando, con la complicidad del acobardado Caderousse, escriben una carta anónima en la que acusan a Dantés de ser un bonapartista y de estar colaborando para que Napoleón vuelva al poder.
Dantés ingenuamente aceptó llevar una carta, que cree es inofensiva, de la Isla de Elba a Marsella, y ésa es la prueba con que sus acusadores pretenden probar sus calumnias. Arrestado el día de su boda, Dantés es llevado junto al procurador del rey, un joven ambicioso de nombre Villefort. Villefort inmediatamente se percata de que Dantés no puede ser culpable, es demasiado noble e ingenuo para ser agente de Napoleón, así que no cree tener problema alguno para dejarlo libre. Pero cuando descubre que la carta que Dantés llevaba consigo está dirigida a su padre, decide encerrarlo para que nunca ni por accidente lo mencione a alguien, hecho que arruinaría su prometedora carrera.  
Encerrado injustamente en la prisión del Castillo de If, Dantés vive un infierno pensando en lo injusto de su destino, mientras su novia y su anciano y enfermo padre están desamparados sin él. Piensa dejarse morir de hambre, pero su espíritu recobra fuerzas y decide soportar hasta que algo bueno para él ocurra.
Un día, cuando ya lleva años encerrado, de debajo del suelo sale un anciano que pretendía escaparse y calculó mal, de manera que en lugar de salir del castillo llegó hasta la celda de Dantés. El hombre es el abate Faria, una enciclopedia viviente. Sus conocimientos son bíblicos, además de que domina tanto las lenguas muertas como las vivas. No tiene inconveniente en transferir a Dantés todo su saber, porque el tiempo les sobra a ambos.
Dantés y Faria se dedican a trazar y ejecutar un nuevo plan de escape, mientras el anciano abate le enseña al desesperado joven todo lo que sabe. Trece años después de que Dantés llegó a If, se le presenta la oportunidad de escapar debido a la muerte de Faria. Éste, antes de morir, no conforme con todo el conocimiento que ya le había dado, decide hacerle otro regalo a Dantés: le revela la forma de llegar hasta donde se halla un tesoro, en la isla de Montecristo.
Dantés logra escapar,  haciéndose pasar por el abate muerto, y a los pocos meses encuentra el tesoro. Entonces desaparece como tal y aquéllos que lo conocieron en su temprana juventud, en Marsella, no reconocen al extraño y misterioso hombre que se presenta frente a ellos. Primero ayuda, de manera anónima, a los que algún bien le hicieron, después desaparece por diez largos años, mientras planea su venganza.
Alberto de Morcef, hijo de Mercedes, la novia de juventud de Dantés, y de Fernando Mondego, Conde de Morcef, conoce en Roma a un extraño hombre que se hace llamar conde de Montecristo. Al personaje le sobran el dinero y el misterio. Todo lo compra, todo lo puede y todo lo sabe.
Alberto queda encantado con él. El conde es un aristócrata de los que sólo figuran en las novelas, y después de que le salva la vida tras ser secuestrado por un peligroso bandido que extrañamente teme a Montecristo, Alberto no tiene inconveniente en invitarlo a París, donde sabe que causará sensación.
En París Montecristo se reencuentra con sus enemigos, que no lo reconocen. Danglars es barón y un banquero muy rico, Fernando conde y militar con cierto prestigio, y Villefort una de las personalidades más importantes de la ciudad. Pero los tres reconocen de inmediato la superioridad del conde, como todo París. Danglars y Villefort lo admiran por su grandeza, por su extraordinaria personalidad y su enorme fortuna.
Una vez que ha cautivado a todo París con sus extravagantes encantos y sus riquezas, Montecristo empieza a ejecutar sus planes lentamente. No tiene prisa en vengarse, si ya esperó veintitrés años sabe que puede esperar un poco más de tiempo.




Confieso que Edmundo Dantés es uno de mis personajes favoritos de la literatura universal. Cuando es joven e ingenuo probablemente no cautiva a ningún lector, pero cuando escapa de su cautiverio y se convierte en un poderoso hombre dedicado a su venganza se vuelve de lo más interesante. Releer su estancia en París, donde se dedica a seducir a sus enemigos para destruirlos lentamente, es uno de esos placeres que pocos libros saben darnos. Por eso El conde de Montecristo es uno de esos clásicos imprescindibles que nadie que ame la literatura debería ignorar.